Gracias a la hormiguita Melitta tuve transporte y compañía hasta la estación de Gelsenkirchen, la pobre se fue tarde a trabajar para poder llevarme. Después estaba triste (y esto agravado por la circunstancia de que su niñito estaba también de vacaciones) y estuvo llamando por teléfono varias veces, con lo que la espera en el aeropuerto fue más amena.
Sorprendentemente el vuelo despegó más o menos puntual y conseguí llegar muy pero que muy bien para coger el autobús, con lo cuál pude desplazarme en autobús desde León a casa y no tuve que pagar un taxi ni viajar a las 4 de la madrugada.
Los primeros días me dediqué a vaguear al sol y cuatro días después nos fuimos al aeropuerto de León rumbo a Mallorca, con una larga escala en Madrid que nos hizo perder la mitad del día.
El hotel estaba en el quinto pino del paseo marítimo, era uno de esos horribles con moqueta sucia, colcha y mobiliario en marrón (para que la suciedad se note menos), nuestras habitaciones eran muy inferiores a la categoría de cuatro estrellas que se esperaba. A los cuatro días tuve que reclamar para que nos cambiaran la habitación, ya que había un ruido constante durante todo el día procedente de los oscuros sótanos del hotel y que al llegar el fin de semana ni siquiera cesaba durante la noche y no nos dejó dormir. Menos mal que conseguí otra, donde a veces el agua no estaba demasiado caliente... grrr. Además también tuvimos problemas con el teléfono (nos llamaban y nadie nos oía) que tuve que solucionar vía recepción. He decidido que la próxima nos vamos a una pensión más cutre y más barata.
Pues bien, el primer día comenzó nuestra pesadilla, descubrimos que estábamos muy lejos de todo y que nuestras piernas trabajarían demasiado en lo sucesivo.
Por la tarde estuvimos en la playa de la ciudad, que no era ni muy limpia ni muy bonita y después hicimos tiempo por ahí, ya que más tarde habíamos quedado con el chiquitín en la cafetería al lado de la estación de autobuses (o sea, en la otra punta del más allá).
Aquella noche acabamos yendo los dos a su pensión en el Arenal y dejé a mi madre sola y preocupada durmiendo en el hotel.
Regresé a carreras al hotel casi con el tiempo justo de agarrar mis cuatro cosas y volver a salir, ya que habíamos quedado para ir de excursión. Por suerte lo conseguimos y acabamos en un bus penoso que nos llevó a Colonia de Sant Jordi.
La playa es preciosa y bastante azul, pero tampoco estuvimos demasiado tiempo en ella, ya que nos fuimos con un barquito a dar una estupenda vuelta por el mar con vistas a la playa de Es Trenc, paradisíaco todo. El chiquitín nos hizo unas fotos allí dentro y lo más chulo fue cuando el barco se detuvo a medio mar (cerca la playa de Es Trenc) y nos pudimos remojar un poco los sudados culos, aunque yo sólo me metí agarrada a la escalera del barco porque tengo miedo si hay riesgo de que me ahogue y además cada vez estoy más débil, así que no era plan de que el agua se me llevara por ahí. El barco tenía una especie de ventanitas en el suelo desde donde se podía ver el fondo del mar, super claro y azul. Fue una experiencia caríbica.
Más tarde, ya en el pueblo, se empeñó en reservar billetes carísimos para ir de excursión al día siguiente a Cabrera, por más que me harté de decir que sería imposible gracias a los "estupendos" transportes públicos de la isla. No me faltaba razón.
Para volver a casa ese día tuvimos que esperar largo rato con la duda creciente de que algún bus apareciera por allí.
Al día siguiente me levanté muerta de miedo, aún sin tener la mínima idea de lo que nos esperaba.
Nada más salir del hotel, el bus dirección aeropuerto nos dejó mirando en la parada como pasmarotes con su cartel de "Completo", con lo que gracias a Dios y temblando conseguí un taxi junto al hotel que nos llevó a la estación de autobuses, por un módico precio de siete euros por cinco minutos de transporte. Me encontraba super aliviada, respirando al fin, ya que llegamos justo para coger el puñetero autobús que salía para Colonia de Sant Jordi... hasta que la cosa arrancó. Empezó a no moverse, fallaron las velocidades y se quedó atascado en la estación. Aún con su horario de salida normal en funcionamiento, era muy dudoso que llegáramos a tiempo para coger el barco. Tras unos ataques de histeria empecé a gritar allí dentro y le expliqué histéricamente al conductor que teníamos una reserva muy cara y que a ver que córcholis pasaba con la indemnización.
El conductor charló largo rato por teléfono (obligaciones habituales y contínuas de los autobuseros en esas latitudes) y al final decidió que salíamos así, tal y como estaba la cosa. Así que nos fuimos saltándonos todas las paradas por el camino y con el sistema de cambio de velocidades a trancas y barrancas. El otro autobús, en el cual iba el chiquitín desde El Arenal, hizo todas esas paradas y al final nos reunimos en uno de los dos no recuerdo cuál, y por milagro milagroso de San Pancracio, conseguimos llegar a tiempo. Ahhh, pensé, ahora sólo queda ver si mi madre se cae de la pasarela del barco, tan estrecha y desprotegida...
En Cabrera casi nos morimos de la asfixia, qué calor...!! La bahía es preciosa, el agua está más fría que en Mallorca y uno puede remojarse allí con los peces en plena orilla. El chiquitín se fue solo hasta el faro por ahí pa´allá y yo me quedé viendo lagartijas con mi madre, que la pobre no estaba para esos trotes. Nos hizo unas fotos chulísimas.
A la vuelta el barco paró en la cueva azul, es una cueva preciosa donde entran los barcos y el agua se ve de distintas tonalidades azules, la gente podía tirarse desde el barco para tomar un baño, pero yo no me tiré por miedo a ahogarme, claro.
Para volver a Palma tuvimos nuevamente un teatro con el autobús, llegó muy tarde y después se quedó a medio camino plantado como una lechuga, mientras nosotros, infelices pasajeros, gritábamos al conductor.
Nos bajamos en El Arenal para pasar los últimos momentos con el chiquitín, que se iba de madrugada de vuelta a las Alemanias y tomamos algo en una terraza allí.
Creo (no recuerdo bien) que al día siguiente me fui andando con mi madre los largos kilómetros del hotel a Cala Major, un sitio también chulo. Pero qué cansancio con toda la calorera...
No recuerdo muy bien qué hicimos el resto de los días, además de estar en El Arenal achicharrándonos y bebiendo cosas, comprándonos camisetas y vestidos por las tiendas y cansándonos como mulas. De hecho nos gustó mucho más estar allí que en cualquier otro sitio, ya que uno tiene todos los servicios que necesita, la playa es muy bonita (sobre todo por la noche, con el horizonte iluminado en la costa) y por mi parte no perdía el idioma de mi otro país querido, así podía sentirme casi como en casa rodeada de borrachos alemanes.
Uno de esos días nos fuimos a Soller. A mi madre le encantó viajar en el trenecito turístico y en el tranvía aquel tan cutre (y tan caro), creo que fue lo más bonito para ella de todas las vacaciones, aunque casi se me mata (y casi me mata a mí) al bajar del tranvía, la pobre. Por supuesto probamos el zumo de naranja y yo de paso un trozo de coca, Hmmm, qué rica que estaba... con la mala cabeza de dejar olvidada mi mochila en la terraza del bar en la plaza, suerte que los camareros se dieron cuenta y me la devolvieron.
El agua del puerto de Soller está asquerosamente sucia, pero con el calor me remojé igual, aunque por breve tiempo cada vez. Mi mami se alquiló una tumbona con sombrilla y aparte de esto, no había mucho más que hacer allí.
Los árboles frutales de la zona son impresionantes: naranjos, limoneros, kiwis, granadas... mmmmhh, qué envidia.
Otra de nuestras excursiones fue a Cala Ratjada, pero no compensó mucho dado el precio, el tiempo que dura el viaje y que el día estaba nublado. Yo me bebí un jarrote de cerveza servido por una alemana en una terraza al lado de la playita y después anduvimos una kilometrada hasta la otra playa de Cala Agulla, bastante poco apropiada para el baño pero con una zona de dunas muy bonita, la cual no exploré para no acabar con la vida de mi madre. El puerto del pueblo es bastante bonito.
Una de aquellas noches me fui sola de fiesta al Arenal y me metí en una discoteca con música horrible donde había un asqueroso espectáculo porno de madrugada (nada motivante, la verdad). Allí hablé con algunos idiotas y un pulpo, y después conocí a dos heavys de Bottrop (ciudad-pueblo) al lado de Gelsenkirchen, sobre todo uno de ellos era muy majo y se quedaron conmigo hasta que por la mañana salió mi autobús a Palma, con lo que no tuve que esperar sola y a pesar de que pasé frío con un escandaloso vestido rojo fue bonito estar allí al lado de la playa oyendo el "Das geht ab, wir feiern die ganze Nacht". Estaba muy bonita por la noche.
Conseguí agarrar un autobús no sin que el anterior me dejara mirando en la parada sin ningún motivo.
En fin, fue triste volver a casa haciendo sitio en las maletas para el queso y la sobrasada...
Hemos decidido que la próxima nos vamos al Arenal para que madre disfrute de nuevo de las salchichas Thüringer XXL con Pommes en la terraza del Mega Park y se compre muchas cosas.
Un poco más, y ya estuve de vuelta en el Gris otra vez... grrr. Y además casi para despedir al niño que ni siquiera tuvo ningunas ganas de estar conmigo entonces. Se fue en septiembre a Madrid y yo me quedé en Gelsenkirchen muy depre. Pero así preparé poco a poco todas mis cancelaciones para poder irme de Alemania también.
Alguna vez acabé un ratito en Düsseldorf de fiestecilla, pero uno solo no le ve la gracia y además el transporte nocturno es bastante insoportable, sobre todo porque uno está ya tan cansado que no puede.
A todo esto se suma el Appeltatenfest o algo así, en Gladbeck, donde estuve con la madre y su novio. El zumo de manzana natural estaba muy rico y además encontre una tienda donde tenían libros de segunda mano por 50 céntimos y 1 euro. A ella se le antojó una haxe y por supuesto tuve que ayudarla, estaba buenísima.
Quién sabe dónde estaré la próxima vez que escriba estas líneas.
Y por lo demás, nada nuevo.



Òpera de Frankfurt
















